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jueves, 10 de marzo de 2011

De Amores y Gatos (El gato negro V2)

-¡Fuera!- -¡Rajá de acá! – Se podía oír mientras lo corría, y como siempre, se me escapaba  saltando el muro de mi casa, no lograba entender, no comprendía  -¿Por qué viene?- Me preguntaba. 
Era un gato negro como la noche, siempre lastimado por peleas , pequeño, mal alimentado y  con ojos verdes que si se le alumbraban, reflejaban  una luz enceguecedora que daba pesadillas, así era él, feo, opaco y sucio.
Todas las noches, mirándome a través de mi ventana, subido al pino, el me miraba, como si se burlara de mí, esperando el momento que me desconcentre para saltar y comerle la comida a mi gata, que se encontraba dormida en su caja.
Aún tengo en la memoria el día en el que Samanta, (mi gata) cayó enferma, se encontraba decaída y no fue a saludarme luego de llegar a casa, como me tenía acostumbrado, tuve confianza en que mejoraría, pero no fue así, por lo que tuve que llevarla al veterinario.
El médico diagnosticó problemas óseos, de tal forma que no volvería a moverse jamás, el sufrimiento que me transmitía verla  en ese estado era impensable, debía alimentarla e hidratarla por mi cuenta, notaba en su rostro una profunda tristeza y una sensación de arrepentimiento, como si con la mirada me dijera -Perdón, no quiero que hagas todo esto por mí-.

El gato negro pasaba todos los días, como de costumbre, pero actuaba diferente: Cuando llegaba acicalaba y se restregaba con mi gata como solo los felinos lo hacen, entablaba conversaciones con ella, hablaban durante horas en su idioma.
Pero la situación era insostenible. Con el correr del tiempo la enfermedad empeoró, ya no podía hacer nada, ya no se alimentaba, no tomaba, y se quejaba del dolor a toda hora, decidí tomar una decisión extrema: La cara de sufrimiento y verla en ese estado me llevaron a sacrificarla para que deje de sufrir.
Durante el trayecto a la veterinaria, no dijo una sola palabra, como si supiera lo que había decidido, ya con la doctora lista,  me aferré a ella con un abrazo débil para que no sufriera, le di un beso en la nariz y caí en un llanto extremo. El dolor y las lágrimas duraron una semana.
El gato negro, como todos los días, siguió visitando la casa, siempre observándome y matándome con la mirada desde el pino, llenándome de culpa por lo que había hecho, él notaba la ausencia de mi gata, sus conductas cambiaron mucho desde allí entonces.

Fue de gran sorpresa  para mí verlo una tarde, como cualquier otra, debajo de una de  la sillas de mi jardín, como de costumbre atiné a correrlo para que se fuera, extrañamente no corrió, no se movió, no hizo nada, tal era mi asombro que me detuve y comencé a observar al animal, se encontraba cabizbajo, y acostado miraba el césped con la vista perdida, siquiera se fijaba en mí, yo no era nadie para él.
En ese momento no supe que hacer, simplemente, por pura pena, dejé que se quedara, pensé que se iría, o que había sufrido alguna lastimadura, pero estaba equivocado, el gato no se movía de allí. Así pasaron los días, el gato no se movía, no comía, no tomaba, no hacía nada, solo estaba allí, era solo una presencia.
 Pero el día más extraño y escalofriante  fue el que lo encontré en la cajita de mi gata, lo observe y estaba más cabizbajo que de costumbre,  daba la sensación de que estaba muerto, pero su pecho aun se extendía y contraía lentamente,  así que lo dejé.
 Esa misma noche, tuve pesadillas, no podía dormir, me levante cuatro veces para ir al baño, pero los pensamientos de haber dejado al gato en ese estado me mortificaban la mente, por lo que decidí ir a verlo. Abrí la puerta, aún seguía allí, estático dentro de la caja, espere un minuto para ver si respiraba, increíblemente, su pecho se extendió para recibir una bocanada de aire, lo toqué, su pecho se contrajo y cesó respirar.
Aún tenía un gran problema: -¿qué haría con su cuerpo?- Pensé en muchas alternativas, pero decidí cremarlo y tirar sus cenizas al río. Ese mismo amanecer arrojé sus restos, que fueron aventados por el viento y poco a poco tiñendo el río con su tristeza.
Hoy, pasando por el puente, hallé  el rio más oscuro que de costumbre, tan negro como el gato, tan torrentoso como su llanto y tan fuerte como su dolor por haber perdido a su amada.

martes, 8 de marzo de 2011

El Gato Negro

-¡Fuera!- -¡Rajá de acá! – Se podía oír mientras lo corría, y como siempre, se me escapaba  saltando el muro de mi casa, no lograba entender, no comprendía  -¿Por qué viene?- Me preguntaba. 
Era un gato negro como la noche, siempre lastimado por peleas , pequeño, mal alimentado y  con ojos verdes que si se le alumbraban, reflejaban  una luz enceguecedora que daba pesadillas, así era él, feo, opaco y sucio.
Todas las noches, mirándome a través de mi ventana, subido al pino, el me miraba, como si se burlara de mí, esperando el momento que me desconcentre para saltar y comerle la comida a mi gata Samanta, que se encontraba dormida en su caja.

Fue de gran sorpresa  para mí verlo una tarde, debajo de una la sillas de mi jardín, como de costumbre atiné a correrlo para que se fuera, extrañamente  no corrió, no se movió, no hizo nada, tal era mi asombro que me detuve y comencé a observar al animal, se encontraba cabizbajo, y acostado miraba el césped con la vista perdida, siquiera se fijaba en mí, yo no era nadie para él.
En ese momento no supe que hacer, simplemente, por pura pena, dejé que se quedara, pensé que se iría, o que había sufrido alguna lastimadura, pero estaba equivocado, el gato no se movía de allí. Durante su estadía, mi gata lo acompañaba  desde su cajita, pero él seguía cabizbajo mirando el césped.
Así pasaron los días, el gato no se movía, no comía, no tomaba, no hacía nada, solo estaba allí, era solo una presencia, comencé a notar que mi gata pasaba todo el día en su cajita acompañándolo, ya no salía, solo para estar con él y cada tanto Samanta se paraba para acicalarlo un poco y refregarse como solo los felinos lo hacen.
Pero el día más extraño y escalofriante  fue el que lo encontré en la cajita de mi gata, lo observe y estaba más cabizbajo que de costumbre,  daba la sensación de que estaba muerto, pero su pecho aun se extendía y contraía lentamente,  así que lo dejé.

 Esa misma noche, tuve pesadillas, no podía dormir, me levante cuatro veces para ir al baño, pero los pensamientos de haber dejado al gato en ese estado me mortificaban la mente, por lo que decidí ir a verlo. Abrí la puerta, aún seguía allí, estático dentro de la caja, espere un minuto para ver si respiraba, increíblemente, su pecho se extendió para recibir una bocanada de aire, lo toqué, su pecho se contrajo rápidamente y ceso de respirar al amanecer.